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Cultura Visual.
Simón Marchán Fiz
La
cultura visual (Visual Culture) es una denominación que se ha puesto
de moda durante los últimos años. Sin embargo, se remonta a la reflexión
que se inició hace unos treinta años tanto en Centroeuropa bajo el nombre
de Comunicación visual como en América del Norte con la expresión
Visual Studies. La Comunicación Visual irrumpió en los debates
sobre la educación artística bajo la sombra de la semiología visual de
la imagen y cristalizó en un aprender a ver (Sehen lernen) marcado,
bajo el impacto del “conceptualismo” artístico, por los vínculos entre
el ver y el pensar, entre la imagen y el concepto. Los Estudios Visuales,
pronto trasformados Cultura Visual, surgieron en oposición a la autonomía
y la pureza artísticas imperantes en el tardomodernismo, así como una
reacción a la necesidad de legitimar, incluso también desde óptica artística,
los nuevos medios tras la explosión de la cultura “pop” en las sociedades
desarrolladas.
Desde el
punto de vista de una teoría de los géneros visuales, tanto la Comunicación
como la Cultura Visuales parten de una constatación parecida: las artes
plásticas, herederas de la tradición antigua o moderna, no son más que
un sector parcial de la cultura óptica y están siendo desbordadas por
el predominio cuantitativo o incluso para algunos cualitativo de los diferentes
medios visuales, de los nuevos “mass -media”, en cualquiera de sus expresiones
. Asimismo, ambas tienen como premisa y asumen plenamanente la irrupción
de la cultura popular a través de los diversos medios visuales de masas,
los cuales, si en sus inicios estaban mediatizados todavía por la reproductibilidad
mecánica a la manera de W. Benjamin, hoy están condicionados sobre todo
por la ampliación de los medios ligados a las nuevas tecnologías, a la
apariencia digital
A pesar
de las semejanzas que existen entre la Comunicación Visual y la Cultura
Visual, es oportuno atender a los matices que las deslindan. En efecto,
mientras la Comunicación Visual era eminentemente semiológica y propendía
a situarse en el marco de la industria y la crítica de la cultura en sintonía
con la Escuela de Francfort - no en vano, a veces era denominada “ praxis
crítica de los medios” -, la Cultura Visual, sin renunciar a este sentido
crítico, puede ser considerada postsemiológica y en ocasiones postcrítica.
Si la primera intentaba desvelar los mecanismos visuales para urdir estrategias
transformadoras contra la manipulación imperante, si de alguna manera
estaba a la defensiva en el contexto del macropoder en las sociedades
del capitalismo avanzado, la Cultura Visual es más bien ofensiva, avanza
sin complejos en sus márgenes e intersticios . Se identifica más con Foucault
y Deleuze que con Adorno, Marcuse o Althusser.
Tal vez
por ello, dando por supuesto el “giro lingüístico” moderno a lo Foucault
y R. Rorty, no pone tanto el énfasis en las dimensiones sintáctica y semántica,
en las relaciones entre los significantes y los significados, cuanto en
las funciones y los usos, en el qué hacer con los lenguajes visuales desde
una dimensión pragmática muy del agrado de la mentalidad norteamericana,
así como en las construcciones culturales y los diversos ámbito sociales
o incluso políticos en los que emergen comprometidas con las múltiples
microfísicas del poder : género, etnia, sexo, y las sociedades postcoloniales
. De alguna manera, podríamos sugerir que la Pedagogía artística y la
praxis crítica de los medios en los procesos de apropiación del mundo
a través de la producción y la reproducción de imágenes eran a la Comunicación
Visual lo que, en la actualidad, los Estudios Culturales (Cultural Studies)
y el Nuevo Historicismo son a la Cultura Visual..
La Cultura visual no sólo considera que las obras
artísticas son ese sector parcial que ha dejado de gozar de la posición
exclusiva en el sistema visual, sino incluso que las representaciones
y las imágenes visuales son hegemónicas en los cruces espacio-temporales
de los intercambios simbólicos con la realidad . Incluso, en las posiciones
extremas, que se hallan al margen de las valoraciones formales y estéticas
o de los juicios sobre la alta y la baja cultura visual, el arte y el
no arte. La secuela previsible está siendo la deriva a una nivelación
populista de todas las prácticas visuales, en la que el concepto de arte
es desplazado por el de visualidad, la percepción artística por la representación
y la imagen, las artes por los medios . En paralelo, en los campos disciplinares
ello se trasluce la tendencia a borrar las fronteras entre ellos o incluso
está dejándose sentir en la absorción, si es que no sustitución, de la
Historia y la Teoría del Arte por la Comunicación sin más o la Cultura
Visual en complicidad con los Estudios Culturales y el Nuevo Historicismo
o, por relación al mundo objetual, la Antropología.
Si esto acontece en la explosión de lo visual,
en el mundo del arte su noción y sus prácticas se alargan tanto, acogen
a ámbitos, experiencias y objetos tan dispares, que tienden a oscurecerse
los rasgos que los identifica como artísticos. En otras palabras, asaetados
como vivimos por toda clase de propuestas artísticas y presionados por
las visualizaciones de la imagen técnica, lo extensivo del arte progresa
de un modo casi ilimitado y desborda de tal modo a lo intensivo, que resulta
complicado distinguir entre lo que es asumido como una obra artística
y los objetos ordinarios, los acontecimientos cotidianos las imágenes
mass-mediáticas que compiten con ella en nuestras mediaciones con lo real
y, no digamos, lo virtual.
Desde estas
premisas, nos inquietan algunas cuestiones que pronto se tornan interrogantes
: si bien es evidente que las artes pueden ser incorporadas a la Cultura
Visual, no toda la Cultura Visual tiene por qué ser predominantemente
arte. O, en otras palabras, ésta no tiene por qué prejuzgar si algo es
artístico o no . A su vez desde el lado del arte, una vez asumidas las
contaminaciones entrecruzadas, ¿tiene qué aceptar pasivamente las imposiciones
niveladoras de ciertos Estudios Culturales o del nuevo populismo? Salta
a la vista que, frente a los abusos del formalismo, se siente la urgencia
de que las obras respiren y se muevan en sus respectivos contextos, pero
¿no se están escorando con demasiada facilidad a nuevos sociologismos,
adobados con los tópicos más acríticos del añejo marxismo vulgar? ¿No
se advierte una suerte de resentimiento contra todo aquello donde despunte
la diferencia? Pero, sobre todo, ¿puede convertirse la Cultura Visual
en un nuevo Absoluto donde desaparezcan no solamente las diferencias,
las melodías diferenciadas, sino cualquier proceso de diferenciación subjetiva
en las actividades humanas y objetiva en sus exteriorizaciones? ¿No tendremos
que recuperar nuevas gradaciones en la visualidad y en las mismas
artes? ¿No tendrán que abrirse paso las mediaciones artísticas ofreciendo
las resistencias pertinentes para, sin quedar excluidas, no dejarse absorber
por la comunicación o la cultura visual en general, si es que todavía
pretenden erigirse en testimonios de una mirada intempestiva y diferenciada?
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