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Prácticas artísticas y Estudios Visuales
Pedro A. Cruz Sánchez

La presente área tiene por objeto analizar las diferentes estrategias diseñadas por los productores de arte contemporáneos para redefinir sus prácticas habituales a partir de un marco experiencial como el actual, caracterizado por el predominio de lo visual. Un ejercicio de redefinición como éste genera una serie de inevitables y prioritarias cuestiones que, en su formulación, activan varios y complementarios niveles discursivos : en primer lugar, un nivel procesual -¿cuál es el proceso clave del que se sirven los autores contemporáneos para integrar sus producciones en esa imagosfera que constituye el escenario de la experiencia cotidiana?-; en segundo, un nivel ontológico -¿cómo consecuencia de su incorporación a esta "imagosfera", el arte cuestiona o reafirma los  límites que le fueron adjudicados durante la modernidad?-; y, en tercero, un nivel que podríase calificar como especular -¿convertida la realidad en un mero reflejo de la referida "imagosfera", es posible concebir un arte que no se alimente, exclusivamente, de imágenes, es decir, de experiencias ya mediadas y codificadas por los medios de producción visuales?-.

Esta triple interrogación -en la que se sustancian algunas de las más importantes cuestiones que se derivan del estudio del arte contemporáneo sobre el fondo de contraste aportado por la actual hipervaloración de la imagen- se explica por el aislamiento y posterior análisis de tres nociones sin cuyo abundamiento sería del todo imposible comprender la antedicha problemática, a saber: las de representación, velocidad y autarquía. En efecto, tal y como señala Stuart Hall (Representation. Cultural Representations and Signifying Practices. SAGE Publications. 2002), la representación constituye el "momento clave" del conocido como circuit of culture; lo que justifica, en este sentido, el hecho de que, en la actualidad, resulte imposible -o, en su defecto, extremadamente difícil y empobrecedor- hablar de arte si no es a través del tamiz de la cultura visual, y de ésta si no es por medio de los diferentes "procesos de representación" que confluyen en la misma.

Analizar, a este respecto, la naturaleza de los mencionados "procesos de representación" supone admitir la existencia de tres posibles paradigmas a los que acogerse: el reflexivo, basado en la creencia de que el significado se encuentra, en tanto que hecho predado, en el objeto, la persona, la idea o el "mundo real" como tal, y concretado en el medio artístico a través de lo que Norman Bryson denominaba "the natural attitude"; el intencional, que defiende que es en el propio autor en donde reside el significado; y, por último, el constructivista, que se acoge a la teoría de que el significado no reside en ningún lugar o "soporte ontológico" concreto, sino que resulta construido en el mismo proceso de producción. Ni que decir tiene que, en un marco teórico y productivo como el actual, modelado por las tesis posestructuralistas y por todo tipo de ontologías crepusculares -"ontología del declinar", "ontología de la evitación", "ontología de la decepción", etc.-, es el "paradigma constructivista" aquel que ha monopolizado la idea de representación, de tal suerte que, desprendidos de todos los comportamientos subsidiarios característicos de su "fase mimética", los "procesos de representación", en la actualidad, actúan como productores de realidad. La "imagosfera", por tanto, al carecer de referentes profundos en los que fundar cada una de sus representaciones, se revela como ese "abismo superficial" del que hablaba Baudrillard, en el que todo es imagen, membrana, espectáculo -"la realidad emerge dentro del espectáculo, y el espectáculo es real", afirma Guy Debord, en La sociedad del espectáculo-.

La incorporación del arte a la "imagosfera" contemporánea a través de los "procesos de representación" constituye, en sí misma, una apertura negativa que entraña un acto de abdicación ontológica. Si, como indica Mirzoeff (Una introducción a la cultura visual. Paidós. 2003), "la cultura visual aleja nuestra atención de los escenarios de observación estructurados y formales, como el cine y los museos, y la centra en la experiencia visual de la vida cotidiana", entonces, escasos problemas habrá en convenir que el arte, en tanto que medio abierto negativamente a la imagosfera, se presenta como una práctica indiferenciada en el horizonte visual de lo cotidiano. La razón de este "grado cero de diferencialidad" hay que hallarla en el hecho de que la "imagosfera" constituye un espacio de producción que, como consecuencia de la elevada velocidad de circulación que presentan los flujos de información visual que lo surcan, se encuentra, en todo momento, en movimiento. Y, al hallarse siempre en continuo movimiento, cada representación producida exige ser contemplada como el resultado de un desarraigo de la imagen, que, en su circulación veloz, ya no conoce "territorios ontológicos" de ningún tipo. Toda imagen, en suma, supone un acto de desposesión, en virtud del cual el arte pierde el confort y la identidad proporcionada por sus tradicionales fronteras, para, a continuación, ilimitarse en su apertura al ámbito indiferenciado de lo "visual-cotidiano".

Esta tierra de nadie ontológica que es la "imagosfera" regula la continua y frenética circulación de sus flujos de información visual por medio de una lógica circular que, recurriendo a Umberto Eco, funciona con base en "criterios de redundancia" que no pueden ser obviados. Partiendo, ciertamente, y como defienden Sturken y Cartwright (Pratices of Looking. An introduction to visual culture. Oxford University Press. 2002), del concepto moderno de reflexividad, muchas de las prácticas artísticas contemporáneas recurren a mecanismos tales como el reciclaje, la apropiación, la parodia, la cita, en suma, a la intertextualidad, para abastecerse de "contenidos reales" para sus producciones. Quiere esto decir, en definitiva, que la "imagosfera" sólo se alimenta de sí misma, en un comportamiento que únicamente se puede definir como autárquico y que, lejos de funcionar de una manera expansiva, opera mediante sucesivas "implosiones" que convierten los referidos procesos de representación/producción de realidades en una suerte de enroscamiento sobre sí mismos.



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