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Cultura visual e institución arte (políticas artísticas y culturales)
Carles Guerra

1. Intro: En esta área de trabajo deberíamos abordar el uso que se hace de los estudios visuales. Una vez insertados en prácticas y contextos institucionales su sentido es otro. No es lo mismo considerar los códigos de la cultura juvenil como experiencia que como caso de estudio o como representación. El significado y el valor contenido en prácticas como ésas se modifica en función del uso que diferentes instituciones hacen de ellas.

Lejos de topar con una resistencia enconada, los estudios de cultura visual empiezan a ser asumidos como un ingrediente esencial en los museos de todo tipo de disciplinas, en la educación y en la comunicación. La cultura visual se ha revelado como una forma de mediación idónea en diferentes escenarios de conflicto. Por eso, el multiculturalismo y el feminismo se han vinculado con tanta facilidad a los estudios visuales. No obstante, en ese proceso de incorporación e institucionalización se producen nuevos malentendidos e injusticias que debemos abordar con franqueza. Recordemos que los estudios visuales surgen en el seno de los estudios culturales, un enfoque que originalmente defendía el intervencionismo social de la academia.

En este punto es necesario evaluar 1. la evolución de los estudios visuales, 2. analizar su traducción institucional (en los currícula escolares, museos y en la comunicación de instancias políticas y administrativas, como los ayuntamientos de las grandes ciudades) y 3. plantear la política cultural como un campo contiguo al de los propios estudios visuales.

Una de las precauciones que me parecen más urgentes en este momento se refiere al carácter pretendidamente desinteresado y autónomo que quiere atribuírsele a los estudios visuales. Los estudios visuales son por naturaleza abiertos y requieren una definición dialógica, es decir, que su identidad se ha forjado en contraste con otras disciplinas como la historia del arte y por asimilación de un sinfín de campos de estudios (estudios de cine, teoría literaria, psicoanálisis, filosofía política, etc...). Intentar frenar y estabilizar la constitución de los estudios visuales choca frontalmente con su carácter más genuino. Eso no significa que rehuyamos debatir la definición y el alcance de los estudios visuales. Pero debemos evitar a toda costa que los estudios visuales reproduzcan ese proceso de autoreferencia que ha caracterizado el discurso de la historia del arte en el sentido más moderno. Si vale la pena defender un área de trabajo como los estudios visuales es, ni más ni menos, que por la libertad que confieren al investigador. Dentro de los estudios visuales, la tensión entre el investigador profesional, el académico y el amateur es constitutiva de la disciplina.

2. Propuesta: Propongo, por el momento, desglosar esta área de trabajo (que también podemos denominar como "la política de los estudios visuales") en tres debates:

En primer lugar me parece necesario enmarcar los estudios visuales en la transición entre los estudios culturales y la política cultural. Una de las dinámicas más obvias de los estudios visuales ha sido su aproximación a los procesos de consumo. Bajo la coartada de la democratización, popularización y liberalización de la cultura, ésta se ha inscrito de pleno en los procesos productivos del capitalismo. Los estudios visuales no pueden ignorar la economía en la que se inscribe la cultura visual. Para bien o para mal no hay régimen visual desinteresado. La cuestión es entender los procesos de valorización en los que interviene la imagen, o la cultura visual, y cómo a través de la imagen se puede extraer valor de los públicos. La mejor referencia que puedo sugerir por el momento es el último trabajo de Georges Yúdice (Profesor titular del American Studies Program de la New York University). En "El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global" (Barcelona, Gedisa, 2002) ofrece una buena batería de casos (la mayoría referidos al continente americano) en los que, incluso las formas de práctica artística y de cultura visual más pretendidamente críticas, se insertan en los procesos de producción propios del capitalismo avanzado. En definitiva, esta sería la sección en la que se discute el paso de los estudios culturales a los estudios de política cultural (hay un debate entre Jameson y Yúdice que puede ser interesante repescarlo).

En segundo lugar, y como un problema que entiendo derivado de este primer debate que sugiero, creo que hay que encarar la confusión entre representación estética y representación política. La proliferación de la cultura visual provoca la ilusión de que estar presente (en el espacio público) mediante la imagen es estar representado políticamente. Nada más lejos de la realidad. Sin embargo esa confusión se practica sistemáticamente. La política multiculturalista tal como la ponen en práctica instituciones y administraciones públicas es uno de los mejores ejemplos. La imagen de las personas circula, pero las mismas personas no circulan con la misma libertad. En este sentido, el enfoque más pertinente, a mi parecer, es el que procede de los estudios subalternos. Ranajit Guha, Gayatri Spivak y John Beverly son buenos exponentes y han mantenido un debate bastante relevante para el caso. Tanto la definición de lo subalterno, como la distinción entre "hablar de" y "hablar en nombre de" o "hablar por" es crucial para hacer una crítica de la idea de representación . El problema de la autorepresentación estaría referido tanto al primer debate como a este segundo. Mi sugerencia es leer un ensayo de John Beverly que fue publicado por la Fundació Antoni Tàpies (Barcelona, 1998). "Tesis sobre subalternidad, representación y política (En respuesta a Jean-François Chévrier)" sigue siendo la introducción más clara al problema.

Y en tercer lugar, un debate que debería revisar el sentido de creación y producción. Los estudios de cultura visual no pueden hacer una crítica a la historia del arte sin aportar una alternativa al modelo de creatividad individual. En cierto momento la noción de producción (tomada de Walter Benjamin y su ensayo "El autor como productor") ha permitido avanzar, pero ahora parece urgente pensar temas como la creatividad colectiva, la imitación, la innovación, la invención y el nuevo sujeto de la multitud como base de los fenómenos colectivos que fundan la nueva economía, la política de la diferencia y una cultura que no precisa de autores en el sentido más tradicional. Para ello me permito sugerir la lectura de "Puissances de l' invention" (Les Empecheurs de Penser en Ronde/Seuil, París, 2002) de Maurizio Lazzarato. Sin duda, este es el libro que ha ido al corazón del problema. Revisando la obra de Gabriel Tarde, Lazzarato recupera el interés por descubrir cómo se produce subjetividad en la era de los medios. Si hay que ponerle nombre a este debate, éste sería el del nuevo sujeto político con el que los estudios visuales deben contar: la multitud.



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