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Visualidad y cambio de paradigma. (visualidad vs logocentrismo)
José Luis Brea

Si queremos ofrecer un enfoque "fuerte" de lo que entendemos por cultura visual, parece obvio que no podemos referirnos de una manera puramente "cuantitativa" al notorio aumento de la importancia de las industrias de lo visual en la sociedades actuales -y, digamos, al proceso adaptativo que nos destina a su entorno como habitat "natural", fáctico. Más allá, podemos quizás atrevernos a proponer un auténtico "cambio cualitativo" en el propio modo de experimentarse y conformarse eso que llamamos "cultura" en nuestro tiempo.

Dicho de otra manera: no hablamos de la cultura visual como podríamos hablar de la "cultura musical" o de la gastronómica, como una especie de territorio extendido de jurisdicción y eficiencia de ciertas terminologías, o herramientas, o "saberes de uso", adecuados para moverse con éxito en ciertos campos, entornos de acción, comunidades de convivencia o en general contextos existenciales de colectividad. Sino, insisto, en un sentido más fuerte, que marca un "diferencial cualitativo". Cuando hablamos de "cultura visual" queremos venir a afirmar poco menos que un "cambio de ciclo" civilizatorio, la emergencia de un nuevo régimen de organización general de nuestro modo de experimentar y conocer, de nuestro modo de representar y significar, de nuestro modo de "pensar" incluso.

En cierta forma, esta idea remitiría a la sugerencia de Mirzoeff[1] de que la cultura posmoderna es una cultura visual, pero no me gustaría restringirla a ella. No se trata de levantar de nuevo el cadáver de un debate -el de la superación de la cultura moderna- que está lastrado con toneladas de falsa conciencia. Sino, más bien, de percibir la singularidad crucial del momento de transformaciones que le está tocando vivir a la humanidad en nuestro tiempo y de afrontar la necesidad de inventar conceptos y herramientas (en el sentido deleuziano en que se define la tarea de la crítica) a partir de un diagnóstico capaz de localizar el corte, la "coupure epistemologique" (ahora que nadie habla de Althusser parece buena idea recuperar algunos de sus magnéticos conceptos) que lo define. Y este "punto crucial", de inflexión o de corte, bien podría localizarse precisamente ahí, en el advenir y emerger de ese "nuevo" (nuevo únicamente en cuanto que capaz de organizar la forma principal de los intercambios de información entre los miembros de una comunidad) modo del pensar y el conocer, que sería el visual.

En este sentido, creo que los antecedentes para pensar la cuestión estarían no tanto en McLuhan, Baudrillard o Virilio como en Deleuze o Derrida. Por señalar algunos lugares específicos: en la defensa deleuziana del "loco" poder de la imagen, de la imagen como acontecimiento y potencia consiguiente de suspensión radical del orden de la representación, o en un pensamiento deconstruccionista que -más allá desde luego de los pobres resultados de la investigación derridiana en el ámbito de la pintura y sus verdades- indagara y explotara el potencial de lo visual como perteneciente al ámbito de "todo aquello que -en propias palabras de Derrida- resiste al habla". Dicho de otra forma, en los alrededores de la afirmación sin concesiones de un "pensamiento-imagen" que únicamente se reconocería pertenecer al espacio de una cierta "arquiescritura", de una primigenia escritura del grafo liberada (o todavía no sometida) al yugo de lo fonocéntrico, al poder del habla.

Así, en esta afirmación de un carácter visual de la cultura que viene podría reconocerse todavía un gran potencial de desmantelamiento crítico contra la tradición asentada y dominante del logocentrismo. Se trataría de explorar en ella precisamente aquello que desestabiliza las jerarquías y órdenes que regulan la representación, organizando las economías del sentido y la significancia -y por extensión todo aquello que las "formaciones del espíritu objetivo" traducen a realidad dominante- conforme a expectativas de estabilidad, garantía y permanencia. Lo que concierne por ejemplo a los procesos de construcción identitaria en relación al ejercicio de los actos visuales (los describo así por proximidad/oposición a los speech acts de Searle) puede darnos una idea primera de las enormes consecuencias que la puesta en historia de este pensamiento visual podría llegar a conllevar.

Estaríamos entonces hablando de un cambio de paradigma fuerte, dejando un poco atrás la tibieza con que los estudios culturales se han constituido como en cierta forma productos epigonales de la tradición pantextualista que ha dominado el paradigma de las ciencias humanas y sociales en las últimas décadas. Así, el acercamiento a la "cultura visual" no lo sería únicamente a un ámbito a priori desarmado y cautivo, preso de las industrias del entretenimiento y el espectáculo, sino a un foco vivo de incertidumbres y potenciales críticos no explorados, esa raíz "loca" de la propia experiencia de lo visual.

Al mismo tiempo, esta perspectiva nos permitiría abordar entusiastamente la "resistencia" que ejerce (desde sus márgenes) la afirmación de una cultura visual contra el "ámbito protegido" y separado de las prácticas artísticas, como único terreno hasta ahora reconocido en que ese ejercicio del "pensamiento visual" comportaría presuntamente una afirmación específica de valor (valor de saber, valor de verdad) en el dominio y uso de las imágenes (y ello a costa de complicidades siempre inconfesables, siempre inaceptables). Por decirlo de otro modo: que el afirmar de este modo el carácter productor de conocimiento de la visualidad en toda su extensión -en el "acontecimiento" histórico de un profundo cambio de paradigma- nos conduciría a describir el disolverse efectivo de la práctica artística en la constelación expandida de la imagen como potencial cumplimiento de un ejercicio final, y casi glorioso, de "autorresistencia" o autonegación (de las prácticas artísticas). Un destino que entonces, y en cierta forma, pediría ser al mismo tiempo reconocido como una "culminación" lograda del proyecto crítico de las vanguardias para las prácticas artísticas, entendido éste precisamente en los términos de un desmantelamiento crítico sistemático del orden de la representación.

Lo que por cierto resultaría imposible decir y decidir es -como ironizaba Paul de Man a propósito del lenguaje de la teoría, también desde luego y no por pura coincidencia el de la autorresistencia- es si tal "culminación" representaría "un triunfo o una caída". Acaso deberíamos con indiferencia decirnos: a quién le importa. Pero lo cierto es que esa duda, esa ambivalencia y la oscilación entre sus polos, no dejará nunca de resultar fascinante. Es en el horizonte de esa fascinación donde -al menos hoy, todavía- nos movemos ...


[1] Nicholas Mirzoeff, Una introducción a la cultura visual, PAIDOS, Barcelona, 2003.



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